El modelo educativo estandarizado ofrece a estudiantes distintos el mismo contenido, ritmo y, muchas veces, estrategia pedagógica. Leonardo Medrano plantea que la inteligencia artificial puede cambiar esa lógica, aunque advierte que sus respuestas pueden ser falsas y que usarla para reemplazar el pensamiento puede debilitar capacidades cognitivas. La disputa no es solo tecnológica: importa quién decide cómo se aprende y qué lugar queda para las personas.
Medrano, Secretario General de Academia y Desarrollo de Universidad Siglo 21, publicó su columna de opinión en LA NACION el 5 de octubre de 2026. Allí sostiene que la inteligencia artificial puede personalizar la educación, anticipar dificultades y dar a los estudiantes un papel más activo. No afirma que la tecnología, por sí sola, resuelva los problemas educativos. La pregunta que propone es “qué potenciar, qué evitar y qué enseñar”.
Un mismo molde, trayectorias distintas
La educación moderna amplió enormemente el acceso al conocimiento, escribe Medrano, pero recurrió a modelos relativamente estandarizados. Ese esquema puede ofrecer las mismas condiciones a quienes llegan con conocimientos previos, dificultades, intereses y velocidades de aprendizaje diferentes. La uniformidad organiza el sistema; no siempre responde a lo que necesita cada estudiante.
Según la columna, la inteligencia artificial puede detectar cuándo alguien necesita más explicaciones, proponer actividades nuevas, ajustar la complejidad o sugerir otros recursos. También puede ofrecer mayores desafíos a quienes avanzan más rápido. Son posibilidades, no resultados garantizados: Medrano presenta la tecnología como una herramienta cuya dirección debe definirse, no como una autoridad neutral que ya sabe qué conviene aprender.
También puede anticipar dificultades a partir de las interacciones en entornos educativos. Estos sistemas generan información sobre participación, resultados, tiempos de estudio, actividades completadas y tareas postergadas. “Bien utilizados”, escribe Medrano, esos datos pueden ayudar a comprender trayectorias, detectar problemas temprano y ofrecer apoyos oportunos. La condición importa: la columna no detalla quién administra esos datos ni cómo los protegen, así que no hay base para dar esas respuestas por resueltas.
Automatizar respuestas no es educar
Los estudiantes podrían pedir explicaciones distintas, solicitar ejemplos, generar simulaciones, practicar escenarios, recibir retroalimentación inmediata o aumentar voluntariamente la dificultad. Ese margen de iniciativa contrasta con una enseñanza organizada alrededor de un mismo ritmo para todos. Pero el texto no describe una experiencia concreta de organización estudiantil o ayuda mutua; habla de posibilidades que la tecnología podría abrir.
Medrano identifica tres riesgos: desinformación, dependencia y deshumanización. Los sistemas pueden producir respuestas convincentes que sean incorrectas, y una afirmación falsa puede parecer verdadera. Por eso, dice, hace falta aprender a evaluar información, verificar fuentes, contrastar argumentos e identificar sesgos. La herramienta no elimina la necesidad de criterio; la vuelve más urgente.
También advierte que reducir el esfuerzo cognitivo puede debilitar capacidades cognitivas. La distinción que propone es usar la inteligencia artificial para potenciar el pensamiento, no para reemplazarlo. Un sistema puede contestar preguntas las 24 horas, ofrecer cientos de ejercicios y generar explicaciones diferentes. Aun así, “educar no consiste solo en responder preguntas”.
El tiempo que queda para las personas
Medrano propone que la tecnología libere tiempo de tareas que puede resolver eficientemente y permita dedicarlo a actividades que requieren presencia humana: “acompañar, desafiar, inspirar, escuchar y construir comunidad”. No defiende sustituir vínculos por máquinas. Advierte sobre lo que no debe desaparecer cuando se automatizan tareas.
En cuanto a qué enseñar, la columna señala competencias, comunicación y creatividad. Si acceder a información resulta más sencillo, el valor estará menos en acumular contenidos y más en utilizarlos: explicar ideas, construir acuerdos, formular preguntas, comprender perspectivas diferentes, liderar equipos y transmitir sentido.
La creatividad también cuenta, escribe Medrano, porque una respuesta técnicamente correcta puede generarse en segundos. El desafío será formular preguntas sin respuesta, combinar ideas antes separadas, imaginar alternativas y crear soluciones nuevas. La columna termina pidiendo que se dé dirección a la transformación tecnológica para ampliar la capacidad de aprender, crear, comprender y transformar la realidad. Quién fija esa dirección sigue siendo la pregunta que acompaña cada promesa de eficiencia.